martes, 30 de marzo de 2010

LA TIA JULIA Y EL FORNICADOR

Mario Vargas Llosa ha defendido siempre en sus ensayos la libertad sexual como una de las parcelas de las libertades individuales de las que disfrutan los ciudadanos de las democracias. Ha relatado la lucha de los gays norteamericanos contra la discriminación en los tiempos del SIDA, ha arremetido contra la doctrina de la Iglesia Católica y se ha reído de las amenazas de condenación eterna contra los homosexuales. Ha defendido el matrimonio gay y ha predicho que los matrimonio que más durarían, con el tiempo, serían estos matrimonios. El Vargas Llosa novelista ha retratado la sexualidad humana en todos sus aspectos, la desbordante pulsión sexual de los adolescentes de la Ciudad y los Perros, el hombre joven en brazos de la mujer madura, alumno aplicado de una educación sentimental, o las humanizadas prostitutas del Loreto de Pantaleón y las Visitadoras. Pero lo ha hecho sin llegar a la descripción detallada. En Vargas Llosa no hay pornografía, y muy poco erotismo. La carga erótica la tiene que poner el lector, ese lector al que el autor exige colaboración para entender el mundo que crea el autor. Pero es en sus ensayos y artículos donde se ve claramente la posición del escritor frente al sexo. Dice que el sexo es la fuente de donde los hombres cogen su fuerza secreta, habla de la práctica del sexo como algo que debe permanecer vedado a la mirada extraña, el acto sexual es un acto iniciático que el adolescente descubre por sí mismo, por las fuerzas vivas del crecimiento. Por eso se encendió cuando la Junta de Extremadura ha decido que se impartan en los centros de enseñanza talleres de masturbación. De su protesta se deduce que a Vargas Llosa le horroriza pensar que los estudiantes se van a masturbar públicamente, sin asumir que en eso no consiste un “taller de masturbación”. La palabra taller procede de los tiempos de proletarización de lo intelectual, y se aplica esta palabra, cuya acepción se refiere al lugar donde se realizan trabajos manuales, a actividades puramente lectivas. Un taller de masturbación, desde luego, es una expresión perturbadora para quienes piensan que el secreto del sexo está en que es secreto. Y el que no sea capaz de descifrar el enigma, allá él, se quedará con el tabú entres sus vísceras hasta que se cuenta que algo está fallando en su vida. El Vargas Llosa de la defensa de las libertades sexuales se queda en una pose propia de neoliberal converso alineado en este tema con Esperanza Aguirre. No valen sus encendidas defensas de Jaime Baily y sus obras autopornográficas como promesa de la literatura peruana. La Lima horrible de Salazar Bondy ha dado mejores talentos a las letras. Lo que importan son los hechos. Y los hechos, o los dichos, no vienen de Mario sino de su hijo Álvaro, un perrocholista de nuevo cuño que ha estudiado en la London School of Economics, fábrica de Premios Nobeles: “en el cuchitril donde vivía (en Lima), aguanté sólo una pequeña temporada, es la verdad. El caso es que el encargado era un tipo bastante raro, y un día fui a pedir no sé qué cosa, que me hacía falta, y lo encuentro acostado con otro hombre. Salí espantado.” El mismo espanto que a su padrísimo le provocan los talleres de masturbación. Todo eso, sí, pero en secreto. En los armarios donde habitan los demonios interiores.

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